El sol pega sobre el techo de tejas color terracota. En él un gato gris platinado se lame el cuerpo, relajado. Yo lo veo durante unos pocos segundos, ya que no detengo mi caminata y pierdo el ángulo ideal para admirarlo.
Siempre me detengo a mirar los gatos en la calle. Pero está vez no lo hago.
Una vez que dejo el Tilo detrás lo veo devuelta, sólo que ahora posee un pequeñito flequillo. No es un flequillo de pelo de gato. Se trata de un pelo castaño notablemente humano.
Doy la vuelta a la esquina, sin quitar la mirada del animalito que cada vez me cae mejor.
A cada paso que doy el gato se transforma en una mujer.
Una bella mujer, con curvas delicadas y simétricas. Perfecta. Pero completamente cubierta por su pelito gris platinado, suave, brillante, de gato. Salvo aquel pequeño flequillito castaño ceniza, de pelo humano.
La mujer gato me mira y noto que sus ojos son como los míos.
Soy yo.
Soy yo por fin gata.
Soy mi gata mimosa y compañera. Soy el sol de invierno en el techo. Soy siesta, ronroneo.
Estoy peludita, suave y al sol.
Me enrosco cómoda sobre mi misma, lista para dormirme. Para siempre. Se me están cerrando los ojos. Pero me veo caminando.
Justo por la esquina que está debajo de mi techo me veo humana. Baja, redondita, como siempre.
Estoy riendo, se me ve divertida, curiosa. Me veo linda. Me gusta lo que veo.
Recuerdo que ahora soy gata, ya no esa mujer. Siento envidia de su risa.
Pero esa risa me recuerda a la de un gato.
Mi recuerda a mi cara de gata. Por un momento me siento ella.
Me siento gata, me río, ese sentimiento siempre me da placer.
Sigo caminado, y pienso. No sé por qué no me detuve a mirar ese gatito, en el techo de la esquina.
El que acabo de pasar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario